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D. Álvaro Domecq:Un señor fuera y dentro de los ruedos

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TEXTO: ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS FOTO: ARCHIVO A. S. C.

Observo con estupor que los protagonistas de aquella gloriosa época de la década de los cuarenta, pese a quien pese y truene a quien truene, mucho mejor que la actual, van desapareciendo por el despeñadero trágico de la muerte. Ahora, hace unas semanas, me llegó la desoladora noticia del fallecimiento en su Jerez de la Frontera de Don Álvaro Domecq y Díez. Ocurrió el 5 de octubre de este 2005. Lo sentí de verdad. Fue, Don Álvaro, famoso ganadero, importante escritor que dedicó muchas publicaciones a la bravura y crianza del toro de lidia, Alcalde de Jerez, Presidente de la Diputación de Cádiz, en 1960 recibió la Gran Cruz del Mérito Civil; piloto, paladín de la equitación y famoso rejoneador.

De esta última actividad quiero ocuparme. Cuando se presentó en Barcelona era mi época de estudiante. Recuerdo que le vi por primera vez el 26 de marzo de 1944 en la Monumental con un novillo de Marceliano Rodríguez. En lidia ordinaria alternaban Pepe Bienvenida, Paquito Casado y Angelete. Tan bien estuvo que repitió el 2 de abril con un novillo de José Maria Galache.

Me cautivó el arte singular de Don Álvaro Domecq el día que le vi debutar. Había hojeado una novela escrita por un joven francés que vino a España con el deliberado propósito de vivir el ambiente taurino. Describía de manera peculiar un día de campo y de tienta en una dehesa de Andalucía y hacía una sutil observación: la vida de París hay que comprenderla, la del campo andaluz, basta respirarla.

Así fue aquella tarde el toreo a caballo de Don Álvaro Domecq. A mí me produjo la impresión que había tomado su jugo vital de las entrañas mismas de Andalucía. Caballo y caballero en competencia artística derrocharon gracia y majeza. En mi retina quedó grabada la silueta señorial de Don Álvaro. Su toreo a caballo me parecía trasplantado del campo andaluz. Y encarnaba en la plaza las escenas paganas de esas faenas de acoso y derribo que un bibliófilo definió con estas palabras: «Aventajan a todos los deportes y la propia Grecia los envidiara.» Recuerdo que el día de su presentación fue a recibir al toro, garrocha en mano, al salir de toriles y, tras clavar rejones y banderillear con garbo y acierto, dio una estocada desde el caballo. Tomó parte en once corridas de toros más un festival el 28 de octubre. Y, pues sería prolija la enumeración de sus grandes triunfos, me remito a los más sorprendentes. Por ejemplo el del 28 de mayo cabalgando la yegua Espléndida; dos mano a mano con Simao da Veiga, el 22 de octubre de 1944 en el que asistió el Capitán General Don José Moscardó y el 26 de septiembre de 1945, con Manolete y Arruza. Tres días antes, actuando con Ortega, Manolete y Arruza paseó las orejas de un toro de Luis Ramos Paúl. Cerró la temporada 1945 con seis corridas.

Aquellos ya lejanos días se me ocurrió escribirle una carta a Don Álvaro felicitándole por sus rotundos triunfos en nuestra ciudad. Cuál no sería mi sorpresa al recibir con fecha 27 de noviembre de 1945, una atenta carta de Don Álvaro de Domecq en la que me decía:

Querido joven: He recibido su original carta que le agradezco afectuosamente, alegrándome mucho que en tus pocos años recojas la expresión y sinceridad de tu buen corazón.

No dejes de fomentar esa cualidad que a parte de ser de un gran valor espiritual son también de gran valor práctico.

Cumplo como ves tus deseos de enviarte unas letras y de ofrecerte un cordial y cariñoso saludo. Tu affmo.

La carta estaba escrita en el Recreo El Paquete. Muchos años después conocí a Don Álvaro y hablamos de caballos, de toros y del tiempo en que ejerció el rejoneo. Nunca salió a colación esta bonita carta que ahora, para mí, adquiere el valor de reliquia.

Su carrera artística fue corta pero el piafar de sus caballos dejó huella indeleble del arte del rejoneo.

En 1946 sumó siete corridas. El 24 de marzo rejoneó un toro de Miura. El llamado Pregonero, negro número 62, feo, agalgado y cornalón. Un toro manso que fue sacando genio y bravura, dominado por la maestría de Domecq. Pie a tierra toreó con valor y arte con la muleta. El 25 de septiembre el caballista jerezano levantó al público de los asientos rejoneando y en banderillas. Echó pie a tierra, brindó al empresario don Pedro Balañá y realizó una buena faena. Circuló el rumor de que había toreado su última corrida en Barcelona, obtuvo la oreja del toro de Herederos de Arturo Sánchez Cobaleda, dio la vuelta y varias veces salió a los medios. Reapareció en 1948 sumando cinco actuaciones y una en 1949. A partir de aquí renuncio a más búsqueda, aunque es posible que se alejase ya de los ruedos.

El 25 de julio del susodicho año 1948 reapareció con un triunfo apoteósico con un toro de Marceliano Rodríguez. Don Álvaro con la oreja del enemigo paseó por el anillo. Repitió el 1º de agosto, llenó casi la Monumental y obtuvo un triunfo inmenso con el laurel de la oreja de un toro de Montalvo. Pero a un gran profesional del rejoneo -ya retirado- le preocupaba algo: ¡La cola larga de los caballos toreros de Don Álvaro Domecq! Volvió el caballero jerezano el 22 de agosto con los diestros Cagancho, Gitanillo de Triana y el Albaicín. Eduardo Palacio tituló su crónica: «Yes erañó ta trin calorrós» Que traducido al castellano dice textualmente: Un señor y tres gitanos. Domecq obtuvo un clamoroso triunfo con el toro «Sillero» de doña Francisca Sancho. Los caballos iban con la cola trenzada y recogida y Don Álvaro Domecq dio una de las más grandes lecciones de toreo a caballo y pie a tierra que nos brinda la historia de todos los tiempos. Le concedieron las orejas y el rabo, viéndose obligado a dar dos vueltas al ruedo.

Por última vez le vi actuar el 6 de junio de 1949 en Barcelona, corrida que presenciaron el Generalísimo Franco y su esposa. Don Álvaro tuvo una gran actuación con un toro de Juan Pedro Domecq. Y con el trofeo de la oreja y bajo una lluvia de flores y sombreros dio una vuelta triunfal.

Espléndida

Don Álvaro me contó: «Eso fue una declaración que hizo Cañero que yo tenía esa ventaja con la cola larga. Entonces le contesté por la radio diciendo que el domingo siguiente torearía en Barcelona con la cola recogida y que fuera a verme. Y a ese toro le corté las dos orejas y además se lo brindé a él. Recuerdo que me regaló una purera». Me dijo también: «Empecé con Espléndida y terminé con ella. Era la mejor y la que me duró más tiempo siendo la mejor. Tenía una gran belleza e intuía al toro. Era muy torera. Muchas veces me corregía ella a mí por intuición. Era de raza hispano-anglo-árabe. Hija de un pura sangre inglés y de una yegua hispano-árabe de mi casa. Tengo una barriada en Jerez que la hice para mis obreros y se llama Espléndida. Tengo una escultura de ella en donde está enterrada en el jardín de mi casa que tiene este epitafio: «Espléndida en el campo, en la plaza y en el recuerdo.”». Conservo la carta como oro en paño. Y le recuerdo como un maestro en el arte del toreo a caballo. Las formas del arte -usted lo sabía porque lo practicó con fortuna- son sencillas. Y dijo un pensador que en las cosas hay más arte cuando menos lo parece. Fue, Don Álvaro, un señor, dentro y fuera de los ruedos.

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