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El análisis de Sergio Mañón… ¿Qué pasa en el campo bravo mexicano?

El análisis de Sergio Mañón

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En el campo mexicano, donde antes el aire olía a polvo, a miedo, a bravura y los cercados guardaban un misterio antiguo, hoy se respira una calma extraña y sospechosa. No es la paz del equilibrio, sino el silencio de algo que se ha ido vaciando poco a poco, la quietud de algo que se apaga sin hacer ruido. La cabaña brava —esa sangre áspera y luminosa que dio sentido a la fiesta— se ha ido adelgazando hasta volverse casi invisible, y con ella se ha ido también la emoción que hacía temblar las plazas.

Hubo un tiempo en que el toro nacía sin concesiones. Embestía porque no sabía hacer otra cosa, porque llevaba la fiereza escrita en la sangre. El ganadero entendía su papel como un oficio de paciencia y riesgo: criar bravura era aceptar perder tiempo y tranquilidad.

Hoy, en demasiados hierros, esa filosofía ha sido sustituida por una lógica mercantil. Se ha seleccionado para la comodidad, para la duración, para el lucimiento fácil. Se ha diluido la sangre en nombre de la “regularidad”, y con ello se ha confundido nobleza con mansedumbre y clase con docilidad.

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¿Por qué no hay toros bravos?

La respuesta no es única ni simple. La presión económica empujó a muchos hierros a cruzar por atajos: seleccionar docilidad, dulcificar temperamentos, acortar procesos.

Las ganaderías llamadas “comerciales” prometieron regularidad y previsibilidad, y con ello vendieron una ilusión de seguridad. Pero el precio fue alto: se fue diluyendo la transmisión, esa chispa que conecta al toro con el tendido, ese peligro latente que hace que la plaza contenga el aliento. El toro cómodo llegó con aplausos tibios y faenas largas que no dicen nada, y se quedó.

Así fue como llegaron los toros sin transmisión. Animales que se dejan, pero no dicen nada. Que permiten, pero no exigen. Y cuando el toro no exige, el toreo deja de ser verdad y se convierte en trámite. Las ganaderías “comerciales” han ido dando al traste con la emoción profunda del espectáculo, no porque fallen siempre, sino porque cuando fallan lo hacen en lo esencial: la bravura.

Las ganaderías —muchas, no todas— han ido limando la sangre hasta dejarla en agua tibia. Se ha confundido nobleza con mansedumbre, clase con comodidad. El toro bravo, el que empuja, el que repite con fiereza, el que exige verdad, es hoy una rareza. Y cuando aparece, incomoda. Incomoda al sistema entero que se acostumbró a funcionar sin sobresaltos. La bravura dejó de ser virtud y pasó a ser problema.

Pero lo más grave no está solo en el campo, sino en el ruedo. El torero, también acorralado por la lógica del circuito, empezó a preferir ese animal sin aristas. El miedo —legítimo— se mezcló con la costumbre, y la técnica se volvió fin en sí misma. Se toreó para cumplir, para sumar fechas, para pasar sin sobresaltos.

El riesgo, que era lenguaje, se volvió estorbo. Así, la bravura dejó de ser exigencia y pasó a ser anécdota. Y cuando el toro no transmite, la faena se vacía; cuando la faena se vacía, el público se enfría; cuando el público se enfría, la plaza se queda sola.

Y así, en el ruedo, la renuncia es todavía más evidente. Hay toreros con arte, con clase, con conocimiento, con valor probado. Nadie puede decir que no saben, nadie puede negar sus aptitudes.

El drama es que no quieren, se conforman.

Se limitan a dar pases y más pases, faenas largas, previsibles, de pases encadenados que no dicen nada porque no hay nada que decir. Toreo de superficie, de inercia, de repetición. Atole con el dedo para una afición a la que se le pide aplaudir sin haber sentido nada. Técnica sin verdad. Estética sin riesgo. Toreo sin toro.

El toro cómodo ha creado al torero cómodo. Y el torero cómodo ha olvidado que su razón de ser no es la estética aislada, sino el riesgo asumido.

El torero que elige el camino cómodo cree que está ganando tiempo, cuando en realidad lo está perdiendo. Pisa plazas, sí, pero no las habita. Suma contratos, pero no deja huella. Y el toreo, sin huella, no trasciende. La historia del toreo no se escribe con números, sino con actos de verdad.

Las figuras que permanecen —ayer y hoy— no son las que torearon más corridas, sino las que aceptaron el toro íntegro, el que no regalaba nada, el que obligaba a jugarse la vida y la obra en cada muletazo.

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En el campo, los viejos vaqueros lo dicen sin rodeos: Ya no salen como antes”. No es nostalgia ciega; es memoria genética. La bravura no desaparece de golpe: se erosiona. Se pierde cuando se premia lo dócil, se pierde cuando la crianza se subordina a la comodidad del espectáculo y no a su verdad.

La fiesta siempre ha vivido de una tensión esencial: toro y torero mirándose sin red. Cuando uno de los dos renuncia, todo se convierte en simulacro. Y el público, tarde o temprano, se cansa de la simulación.

Porque el toreo no es una coreografía bonita: es un acto de verdad. Sin toro-toro, sin exigencia real, lo que queda es un ritual vacío, una repetición sin alma.

Peligro no es que la plaza se quede vacía de golpe, sino que se vaya vaciando por dentro. Sin bravura no hay relato; sin exigencia no hay toreo; sin verdad no hay afición.

La pregunta no es si los toreros se dan cuenta. Claro que se dan cuenta. La pregunta es más incómoda: ¿están dispuestos a renunciar a la comodidad para volver a ser necesarios?

Mientras la respuesta sea no, la fiesta seguirá viva… pero cada vez más hueca. Y eso, al final, es lo más peligroso de todo.

De todo esto, la afición -aunque algunos crean lo contrario- sí se da cuenta, lo siente. Se aleja porque no encuentra emoción auténtica, porque intuye que le venden una versión domesticada de algo que nació salvaje. La fiesta, sin toro bravo, es un cascarón: puede brillar por fuera, pero por dentro no late.

Puede que aplauda en el momento, pero la emoción auténtica no se engaña, el cuerpo lo sabe: no ha pasado nada. No hay recuerdo. No hay herida. No hay esa emoción que te acompaña días después y te obliga a volver a la plaza. El “éxito” construido sobre la comodidad es efímero, frágil, instantáneo, de saldo. Se cobra hoy y se olvida mañana.

Recuperar la cabaña brava no es un capricho romántico; es una urgencia cultural. Implica volver a creer en el tiempo largo, en el riesgo necesario, en la honestidad del campo y la exigencia del ruedo.

La gran esperanza para la afición y para la fiesta es que tal vez aún quede sangre que responda. Ya que a pesar de todo, en el campo aún resisten ganaderos que se niegan a traicionar la sangre, hombres y mujeres que apuestan por la bravura auténtica aunque cueste dinero, tiempo y desvelos.

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Hierros que crían para embestir y no solo para durar; que aceptan la incertidumbre como parte del oficio y entienden que sin toro íntegro no hay emoción posible. Porque sin bravura no hay relato, y sin relato la plaza se queda muda, ya que mientras el éxito se mida solo en pases dados y no en emociones provocadas, la fiesta seguirá viva… pero cada vez más hueca. Y eso, para el toreo, es la forma más silenciosa —y más cruel— de morir.

Gracias a ellos, de cuando en cuando vuelve a sonar ese silencio profundo en la plaza, ese instante en que el público se da cuenta de que está pasando algo de verdad.

Y también hay toreros que no se resignan a la comodidad. Toreros que piden el toro con poder, que se ponen en el sitio cuando no conviene, que prefieren una tarde sin trofeos pero con verdad a una salida fácil entre aplausos huecos. En ellos el toreo vuelve a ser un acto de entrega y no de administración.

Con toreros como estos mantenemos viva la llama. Y así, sabemos que mientras existan ganaderos dispuestos a criar riesgo y toreros capaces de asumirlo, la fiesta tiene futuro. Porque el toreo, cuando es auténtico, permanece vivo.

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By Juan Montañés

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