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El análisis de Sergio Mañón
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“La suerte de varas -termómetro de la bravura, fundamento del toreo, eje sobre el que se sostiene la lidia entera- atraviesa un deterioro tan profundo que amenaza la esencia de la corrida. Lo que debería ser un momento de belleza, verdad y emoción se ha convertido con demasiada frecuencia en un trámite desvirtuado, en una ejecución adulterada o directamente en una práctica destructiva”.
Asociación El Toro de Madrid
La suerte de varas es, quizá, el momento más incomprendido —y a la vez más determinante— de la lidia. En ese instante, cuando el toro se arranca desde la distancia hacia el caballo, no solo se mide su bravura, sino que se comienza a escribir el destino de toda la faena. Lo que ahí ocurre condiciona la embestida futura: su ritmo, su fijeza, su capacidad de humillar y hasta su duración. Picar no es simplemente castigar; en su concepción ideal, es templar, ordenar y revelar.
El toro llega al peto con la inercia de su instinto intacto. Es entonces cuando el picador, montado en su caballo protegido, coloca la puya en el morrillo —esa zona musculosa del cuello— buscando provocar una sangría controlada que obligue al animal a bajar la cabeza. Ese gesto técnico, casi quirúrgico en su planteamiento reglamentario, persigue equilibrar la fuerza del toro para hacerlo toreable sin destruir su bravura. Una vara bien ejecutada permite que el toro repita, que embista con más cadencia y que el torero pueda, más adelante, construir una faena con profundidad.
Sin embargo, entre la teoría y la práctica se abre un abismo tan antiguo como la propia tauromaquia.
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El reglamento es claro en sus intenciones. La puya —esa punta metálica que corona la vara— debe tener medidas precisas: un arpón de acero con una cruceta que limita la profundidad de la herida, evitando que penetre más de lo debido. Tradicionalmente, la puya mide alrededor de 29 milímetros desde la punta hasta la base de la cruceta, con un diámetro calculado para desgarrar sin excederse. La vara o garrocha, por su parte, suele medir cerca de 2.60 metros, lo suficiente para mantener distancia y control, pero no tanto como para perder precisión en la colocación.
En el papel, todo está pensado para proteger la integridad del toro dentro de los márgenes de la lidia: puyazos medidos, colocados en el sitio correcto, sin barrenar —es decir, sin girar la puya dentro de la herida— y limitando el número de encuentros. El caballo (que debería especificarse el tener un mínimo y un máximo de peso), cubierto por el peto (cuyo peso debería oscilar entre 35 y 45 kilos incluidas todas las partes que lo componen)[1] debe recibir la embestida sin convertirse en un muro inmóvil, permitiendo que el toro empuje y se exprese.
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No obstante, en la arena, la realidad suele distorsionarse
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Con frecuencia, la puya cae trasera o caída, lejos del sitio ideal, afectando músculos que nada tienen que ver con el objetivo técnico de la suerte. El castigo se prolonga más de lo reglamentado, y el gesto de barrenar —prohibido— aparece como una sombra persistente. El toro, en lugar de ser “medido”, puede salir excesivamente mermado, perdiendo fuerza en las manos, acortando su recorrido o desarrollando defensas que arruinan la faena posterior.
Ahí nace el eterno contraste: el reglamento habla de equilibrio, pero la práctica muchas veces cae en el exceso. Donde debería haber precisión, aparece la brusquedad; donde se busca revelar bravura, a veces se la apaga.
Y sin embargo, cuando la suerte de varas se ejecuta con pureza, el espectáculo alcanza una dimensión distinta. Un toro que empuja con los riñones, que pelea en el caballo con entrega y es medido con inteligencia, baja después la cabeza con nobleza y repite con ritmo. El público, aunque no siempre lo perciba de inmediato, está presenciando el momento en que se ha hecho posible —o imposible— la gran faena.
Sólo cuando la suerte se hace correctamente cumple su doble función: ahormar al toro y revelar su bravura real.
La suerte de varas es, en esencia, un examen: para el toro, que demuestra su casta; para el picador, que revela su oficio; y para la integridad del espectáculo, que se juega ahí su verdad más profunda. Entre la norma escrita y la realidad ejecutada se debate su prestigio, y en esa tensión vive, todavía, uno de los capítulos más decisivos de la corrida.
Hay un elemento adicional que suele pasar desapercibido: la colocación del toro en el ruedo antes del encuentro. En el ideal, el toro debe ser citado desde cierta distancia, arrancarse con alegría y galopar franco hacia el caballo.
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Esa arrancada es fundamental porque permite evaluar la bravura “en largo”, no en corto ni a la defensiva. Sin embargo, en la práctica moderna muchas veces se reduce esa distancia, se coloca al toro casi encima del caballo o se le guía en exceso con los capotes. Así, la suerte pierde verdad: el toro no decide ir, simplemente llega.
También conviene hablar del caballo, ese actor silencioso que ha cambiado radicalmente el sentido de la suerte. Antes de la introducción del peto en el siglo XX, los caballos eran vulnerables, y la suerte de varas era dramática hasta lo brutal. Con el peto —grueso, acolchado— el riesgo para el caballo disminuyó, pero surgió otro problema: el toro, al no poder hacer daño, puede quedarse empujando contra una superficie prácticamente impenetrable.
Esto ha derivado, en ocasiones, en un castigo prolongado, donde el mérito del empuje se diluye en una especie de forcejeo sin consecuencia real. El reglamento busca evitarlo limitando el tiempo y los puyazos, pero la frontera entre medir y abusar sigue siendo difusa. Relacionado con un castigo apropiado, un aspecto muy importante es el número de puyazos mínimo que debe recibir una res. En las plazas de primera categoría (y la Nuevo Progreso de Guadalajara lo es o lo era) es obligatorio que la res reciba al menos dos puyazos (Art. 90 Op. Citada). Esto rara vez ocurre.
El mismo reglamento señala que si el astado deshace la reunión, queda prohibido consumar otro puyazo inmediato. Los lidiadores deberán de modo inmediato sacar la res para, en su caso, situarla nuevamente en suerte. Mientras, el picador deberá echar atrás el caballo antes de volver a situarse (Art. 88, inciso 4 Op. Citada). ¿Cuántas veces nos ha tocado ver esto? Pocas, muy pocas.
Otro aspecto importante es el criterio del juez de plaza, figura clave pero muchas veces discreta. Es quien debe ordenar los cambios de tercio, vigilar el número de puyazos y, en teoría, garantizar que la suerte se ejecute conforme a la norma. Sin embargo, su intervención depende tanto del reglamento como del contexto: la presión del público, el tipo de festejo, incluso la categoría de la plaza. Así, la aplicación de la ley puede volverse flexible, alimentando esa sensación de distancia entre lo que debería ser y lo que es.
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Y luego está el público, cuya percepción también ha cambiado. En otras épocas, la suerte de varas era uno de los momentos más valorados: se premiaba al toro que empujaba con bravura y al picador que medía con precisión. Hoy, en muchas plazas, se vive con impaciencia, como un trámite antes de la faena de muleta. Esa pérdida de atención ha contribuido, en parte, a que la suerte se relaje en su rigor: lo que no se exige, rara vez se cuida.
Sin embargo, cuando todo encaja —cuando el toro es colocado en suerte con distancia, arranca con ímpetu, el caballo aguanta sin tapar la embestida y el picador ejecuta un puyazo breve, en sitio, sin abuso— ocurre algo casi revelador: el toro sale del encuentro distinto, más claro, más definido. Y el aficionado percibe que ahí, en esos segundos, se ha ordenado el caos inicial.
Quizá por eso la suerte de varas sigue siendo el núcleo más discutido de la corrida. No solo define la lidia: define también la credibilidad del espectáculo. Es el punto donde la técnica puede dignificar la violencia o, por el contrario, evidenciarla.
Y es en esa línea tan fina —entre medir y mermar— donde se juega, todavía hoy, buena parte del sentido de la tauromaquia y se convierte en uno de los momentos más bellos, emocionantes y sobrecogedores de la lidia.
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Referencias Bibliográficas
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Manifiesto de la suerte de varas. Asociación El Toro de Madrid. 2026
[1] Reglamento Taurino del Municipio de Guadalajara. Suplemento de la Gaceta Municipal. 30 de septiembre 2015
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