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Conmoción Morantista

 

La inesperada retirada del genio cigarrero realza la importancia de su obra en el confín de una temporada histórica

La anécdota es conocida. José Antonio Morante Camacho, un niño aún, ganó su primer dinero toreando al viento. Fue en las calles de La Puebla, ensayando lances de salón con su pandilla de amigos. Un mercedes se paró junto a la tropilla de torerillos para contemplar las maneras de aquel chiquillo cetrino que se distinguía sobre los demás. El espectador era Antonio Ruiz, Espartaco padre, que entregó al chaval una reluciente moneda de veinte duros que se antojaba premonitoria.

José Antonio siempre había querido ser torero. Los Reyes Magos le sorprendieron un 6 de enero con un vestido de torear de juguete que aún conserva. Su vocación era firme. Y un niño era aún –sólo tenía nueve añitos de calendario– cuando su nombre se anunció para actuar delante de un becerro en la placita que se había improvisado en Villamanrique de la Condesa. Era el 3 de septiembre de 1988, hace ya 37 años largos que han dado para mucho. Aún quedaban tres más para su debut más formal, el 3 de agosto de 1991 en Montellano. Vestía un viejo traje celeste y oro que, ahora sí, daba el definitivo pistoletazo de salida a una carrera que se vería espoleada en aquellos años locos vividos al lado de Leonardo Muñoz, su definitivo descubridor. El Nazareno montaba festejos aquí y allí -rodeados de mil peripecias- sabiendo que tenía entre las manos un diamante en bruto. El debut con picadores llegó el 16 de abril del 94 en Guillena mientras crecía el ambiente y las esperanzas de los aficionados. La alternativa, tres años después, la tomó en Burgos en medio de las primeras discrepancias con los Pagés que, con sus respectivas reconciliaciones, han marcado la trayectoria del diestro cigarrero hasta nuestros días.

A partir de ahí, la carrera de Morante se escribe en dientes de sierra, incluyendo su primera Puerta del Príncipe, vestido de grana y oro en la Feria de Abril de 1999. Un año después llegaría la gravísima cornada que partió en dos tantas cosas; la frustrada exclusiva con los Canorea; las égidas de 2004 y 2007; los preocupantes problemas psiquiátricos que le obligaron a viajar a Miami para ser tratado; el imposible apoderamiento de Rafael de Paula y las fallidas parejas profesionales; las ausencias de la plaza de la Maestranza y las vueltas jubilosas… pero, sobre todo, la forja de de un torero que un día fue irregular, que ha sido siempre inimitable, enciclopédico, profunda y verdaderamente natural…

La historia de taurina de Morante de la Puebla daría un volantazo definitivo el primero de octubre de 2021 -ante un toro fiero de Juan Pedro Domecq- en aquella larga feria de San Miguel pos covid que inauguró un tiempo nuevo. Se abría la era de los recitales: al año siguiente, el de la plena normalidad, llegarían nuevas sinfonías, la definitiva forja de una leyenda, la constatación de encontrarnos ante un torero histórico. En otoño de 2022 iba a rubricar en la plaza de la Maestranza el concierto definitivo con un toro de Matilla…

En 2023 iba a escalar la cima y a descender a la sima: fue aquel rabo diferencial que marcó su propio techo artístico en el remate de un feria histórica pero también abría la puerta del infierno. Llegaban nuevas curvas, el recrudecimiento de su trastorno de personalidad que iba a convertir el resto de aquella campaña, también la de 2024, en un angustioso ir y venir en busca la de la paz interior. La encontró en las orillas atlánticas, en los acantilados feroces de Nazaré, sin poder atisbar que en este 2025 iba a dictar su antología torera después de espantar los demonios.

La Feria de Abril, los rabos de Jerez, Salamanca, Marbella, la primera puerta grande de Madrid… el impresionante compromiso delante de las reses, la cornada de Pontevedra, la comunión con una juventud que se ha hecho taurina al conjuro de su nombre; el monumento de Antoñete, la última corrida en la Maestranza… Morante estaba escribiendo -al menos por ahora- los últimos renglones de una obra que, de viejos, contaremos un día a los nuestros.

By Juan Montañés

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