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El análisis de Sergio Mañón… Jorge Gutiérrez, ¡torero para siempre!

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El análisis de Sergio Mañón

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Olía a torero desde mucho antes de que Jorge Gutiérrez, vestido como un embajador de negro y oro, apareciera en la puerta de cuadrillas. Ocurre en esta prodigiosa fiesta que es el toreo que cada veinte o veinticinco años aparece una figura señera que lo domina todo, que todo lo borra, que arrolla al mundo porque le da la gana. Y estamos ante un torero de época, lo de valiente resultando ya lo de menos, con ser más arrojado que nadie, lidiador de puro estilo y temple, mando y prodigio en cada movimiento de las muñecas…”Roberto Blanco Moheno.

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En la memoria viva del toreo mexicano, Jorge Gutiérrez no es sólo un nombre: es una emoción que permanece. Y hoy, en la víspera de su cumpleaños (27 de febrero), su figura vuelve a sentirse más próxima, más entrañable, como si la fecha invitara no sólo a felicitarlo, sino a recordarlo en toda la hondura de su historia.

En los anales del toreo mexicano, el nombre de Jorge Gutiérrez se pronuncia con el respeto que se reserva a los hombres de época, a los que se forjaron a sí mismos en la soledad del patio de cuadrillas y en la verdad inclemente del ruedo.

No hubo en su sangre antecedentes de abolengo taurómaco, ni apellidos de peso que le abrieran las puertas de las grandes plazas. Frente a toreros de dinastía, hijos y nietos de figuras consagradas, Jorge Gutiérrez compareció armado únicamente con su convicción.

Y fue precisamente esa fe inquebrantable en su destino la que lo sostuvo cuando el viento soplaba en contra y las oportunidades parecían esquivas.

Nacido en Tula, Hidalgo, Gutiérrez no tuvo antecedentes familiares en la fiesta brava, pero encontró en su convicción, en su determinación inquebrantable, el acero con el que templar su carrera desde abajo.

Desde sus primeras comparecencias quedó claro que no era un torero atropellado ni amigo del alarde fácil.

Su toreo con el capote era una oda a la lentitud casi litúrgica, a la pausa que convierte cada lance en una declaración de arte, cargando la suerte con esa parsimonia que desespera a los impacientes y enamora a los que saben mirar.

Citaba despacio, sin nerviosismo, como si el tiempo debiera ajustarse a su paso.

Cada verónica era una declaración de principios: el tiempo parecía detenerse; el toro, a su vez, humillaba y respondía con nobleza al dominio reposado de un diestro que parecía detener el tiempo con la arena bajo sus pies; mientras tanto, el público contenía el aliento, como si el silencio fuera parte del rito.

Y con la muleta desplegaba un temple tan sereno como poderoso, alcanzando su expresión más honda. El temple —esa virtud escasa que doma la embestida sin violencia— era su bandera. No imponía su voluntad a base de brusquedad, sino de firmeza serena.

Con la franela dibujaba faenas que crecían en intensidad sin perder jamás la compostura. Allí, en la arena ardiente, conducía las embestidas no con precipitación, sino con una mesura que arrancaba olés profundos y un cariño creciente de quienes lo veían torear.

Y así, a fuerza de determinación y raza, fue escalando peldaños hasta convertirse en primera figura del toreo en México. No fue un ascenso súbito ni un relámpago pasajero; fue la consecuencia natural de quien entiende que el triunfo se conquista con paciencia, disciplina y verdad frente al toro.

Esa entrega sin límites —esa forma personalísima de vivir cada faena como una verdad absoluta—, esa forma honesta y profunda de estar frente al toro, lo convirtió en un consentido de dos templos mayores: la Plaza México, donde toreó más de ochenta tardes y se consolidó como una figura fundamental del toreo mexicano, y la Plaza Nuevo Progreso en Guadalajara. Allí no solo fue figura: fue querido. Fue esperado. Fue celebrado.

Y también en escenarios taurinos de otras latitudes, como Venezuela, su toreo halló eco y cariño, como si su manera pausada y templada de entender la lidia cruzara fronteras con naturalidad.

Más allá de los trofeos y la ovación, lo que quedará de él es esa manera de entender el toreo: como un diálogo profundo entre el hombre y el toro, como un ejercicio de temple y serenidad, de entrega absoluta, capaz de conmover tanto a conocedores como a quienes vivieron su ascenso sin antecedentes y, sin embargo, lo vieron convertirse en una primera figura.

Hoy, cuando la vida le presenta una batalla distinta, esa misma convicción que lo llevó a imponerse en los ruedos vuelve a manifestarse.

Así como nunca rehuyó la embestida, tampoco ahora rehúye la adversidad. La enfrenta con la serenidad con la que citaba al toro, con el temple con el que dibujaba sus faenas. Paso a paso, como una tanda lenta y profunda, sigue peleando.

Porque los toreros de época no se definen solo por las orejas cortadas ni por las vueltas al ruedo, sino por la manera en que enfrentan el miedo y la adversidad. Y en esa arena íntima, silenciosa y decisiva, Jorge Gutiérrez vuelve a ser, una vez más, primera figura y demuestra que su grandeza va más allá de la plaza: es un maestro de vida, un torero para siempre.

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By Juan Montañés

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