El comentario de Sergio Mañón
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Hablar de Miguel Ángel Moncholi es hablar de periodismo con mayúsculas, de una trayectoria construida con rigor, pasión y una ética que no admite atajos. Su nombre no solo está ligado a una larga y reconocida carrera profesional, sino también a la formación de generaciones que encontramos en él algo más que un referente: encontramos a un maestro.
En lo personal, Miguel Ángel ha sido una guía fundamental en mi camino dentro del medio periodístico. De él aprendí que la noticia no se persigue solo con rapidez, sino con responsabilidad; que la palabra tiene peso y consecuencias; y que el respeto por la verdad es un compromiso diario, incluso —y sobre todo— cuando resulta incómodo. Sus enseñanzas no se quedaron en lo técnico: me mostró la importancia del carácter, del criterio propio y de la valentía para sostener una idea con argumentos y convicción.
Una parte muy especial de ese aprendizaje se forjó lejos de los estudios y las redacciones, en los viajes a ganaderías y en los tentaderos. Allí, entre el campo, el toro y la conversación sincera, Miguel Ángel enseñaba sin darse cuenta, con naturalidad y profundidad.
En esos trayectos y jornadas comprendí que el periodismo taurino —como cualquier periodismo verdadero— se nutre de conocimiento, de observación y de respeto por la esencia de lo que se cuenta. Cada comentario suyo, cada análisis al borde del tentadero o camino de regreso, era una lección viva sobre cómo mirar, cómo entender y cómo narrar este mundo.
Y junto a esa sabiduría, siempre estuvo su enorme sentido del humor. Miguel Ángel tiene el don de aliviar tensiones, de poner una sonrisa en el momento justo y de recordarnos que incluso en los entornos más exigentes hay espacio para la risa inteligente y la ironía fina. Ese humor, tan suyo, ha sido también una enseñanza: la de no perder nunca la humanidad, la cercanía ni la alegría por el oficio, aun en las circunstancias más duras.
Miguel Ángel enseña con el ejemplo. Con su voz firme, su mirada crítica y su pasión intacta por el periodismo y la tauromaquia, deja claro que este oficio no es solo una profesión, sino una forma de entender la vida. Cada conversación, cada consejo y cada vivencia compartida han dejado huella y siguen marcando mi manera de ejercer el periodismo.
Hoy, además, quiero expresarle mi afecto y mi apoyo en un momento complejo. Sé que enfrenta a un “toro difícil”. Pero si algo define a Miguel Ángel Moncholi es su fortaleza, su presencia de ánimo y esa entereza que siempre lo ha caracterizado. Estoy convencido de que esa misma determinación, ese espíritu combativo y esa sonrisa que nunca falta serán aliados fundamentales para salir adelante.
Este escrito es, ante todo, un gracias sincero. Gracias por enseñar, por exigir, por compartir camino, campo y conversación; por inspirar y por demostrar que el periodismo se honra todos los días con trabajo, honestidad, pasión… y buen humor.
Desde México, le envío un saludo afectuoso y mis mejores deseos para su pronto y pleno restablecimiento. Maestro, su legado ya está vivo en quienes hemos tenido el privilegio de aprender de usted, y su ejemplo sigue siendo una referencia constante.
Con admiración, respeto y afecto.
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