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En Manizales… Sin toro no hay triunfo

Monumental plaza de toros de Manizales, 11 de enero de 2026, último festejo de la temporada taurina caldense, correspondiente a una corrida de toros, se lidiaron bovinos de la ganadería de Ernesto Gutierrez, discretos de caras y hechuras, en general carentes de casta, fondo y entrega; destacando cuarto y sexto.

Sebastian Castella:  Oreja, vuelta tras aviso.

Juan Ortega: Oreja, palma tras dos avisos.

David de Miranda: Palmas, oreja.

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Los tendidos abarrotados, la expectación al tope, la afición entregada. Monumental escenario lleno hasta las banderas en abierto manifiesto, en total libertad. “El arte no se debe prohibir” se leía en los tendidos, ¡Fuera Petro! Se coreaba por más 14.000 mil asistentes.

Festejo de cierre para la feria taurina del café, y como es ya habitual se anunciaron los mismos con la misma, dos figurines comerciales con la ganadería de la casa; cartel europeo para los pequeñajos y carimochos Ernésticos; sin embargo, este año los planes cambiaron, dos sustituciones la del señor Roca Rey, cubierta por Juan Ortega, y la del torero nacional Juan de Castilla, cubierta por David de Miranda, sumaron en sabor y diversidad.

En los corrales los ya conocidos morlacos de Manizales, envueltos con todo el misterio y el secretismo de aquello que ya se sabe genera controversia, y aunque no se pudieron ver, hasta que salieron al ruedo, no decepcionaron: las mismas hechuras, las mismas caritas, el mismo comportamiento huidizo y descastado, y, por supuesto, los que destacan por ir de allá para acá con la acometividad del borrego al matadero, condición que, en buenas manos, se convierte en llave para el triunfo.

 Sebastian Castella: Su primero, aunque alegre y noble en los primeros tercios, terminó evidenciando una casta muy justa y una clase limitada, quedándose corto en los viajes. Castella lo recibió con verónicas de pulcro trazo, muy aplaudidas por su estética, pero fue en la muleta donde tuvo que poner todo lo que le faltaba al animal. Tiró de maestría e inspiración para inventarse una faena que tuvo más fondo que el propio toro, ligando tandas de buen gusto por ambos pitones que elevaron el contenido de la lidia. Sin embargo, el pinchazo previo a la estocada enfrió la petición, quedando el premio en una oreja que pudo haber sido de mayor peso.

El segundo del lote fue un ejemplar noble pero huidizo, situado en el filo de la casta y la bravura reglamentarias. Pese a que el animal fue a más, Castella pecó de un preciosismo que por momentos careció de sometimiento real. Tras un saludo por verónicas de buen trazo, la faena de muleta se desarrolló con técnica y poder, toreando al ralentí bajo los sones de ‘Feria de Manizales’, pero abusando de la periferia ante un toro de clase limitada.

La petición de indulto fue a todas luces exagerada, un despropósito alentado por el efectismo del francés que no encontró justificación en la bravura del astado. El balance final se vio lastrado por el mal uso de la tizona; tras un aviso y la incapacidad de rubricar la obra con prontitud, el premio quedó reducido a una vuelta al ruedo que supo a poco para las pretensiones mostradas.

Juan Ortega: Su primero fue un ejemplar de extrema nobleza, pero escasas casta y clase, ante el cual el sevillano desplegó un recibo de exquisitas verónicas; en la muleta, el sevillano estructuró una faena de pellizco y trazo antiguo, hilvanando tandas suaves, con tersura, que suplieron con estética la falta de motor del astado; tras una estocada efectiva, se le concedió una oreja que premia la forma por encima del fondo técnico.

El segundo de su lote se desfondó pronto, dejando aflorar una mansedumbre que terminó por anular sus virtudes iniciales. Ortega lanceó con verónicas de buen trazo, pero en el tercio de muerte solo pudo dejar destellos de buen gusto ante un material que impidió estructurar una faena de peso. Tras una estocada defectuosa y una demora excesiva que derivó en dos avisos, el silencio de la parroquia fue el justo balance para una labor carente de resolución.

David de Miranda: Su primero, resultó ser un ejemplar de paupérrima condición: noble pero huidizo, y con una alarmante escasez de casta, bravura y clase que le valió los pitos del respetable. Tras un saludo a la verónica de gran factura, el onubense mostró voluntad y ganas en la muleta, pero la absoluta falta de materia prima redujo su labor a una faena corta y de unipases donde solo cupieron algunos destellos aislados; el balance quedó en unas palmas de cortesía ante la imposibilidad del lucimiento.

El cierra plaza fue un ejemplar bravo, encastado y noble, un toro con importancia y teclas que exigían firmeza técnica para ser dominado. David de Miranda dejó un recibo por verónicas de gran interés, pero en la muleta firmó una faena irregular que, aunque pretendió ir a más, no terminó de romper ante las exigencias del animal. Pese a dejar tandas aisladas de buen gusto, la labor careció de la rotundidad que el astado demandaba; una estocada efectiva facilitó la concesión de una oreja tras la cual el diestro escuchó palmas.

Lo bueno de la feria: La maravillosa y generosa asistencia del público. Una afición comprometida, fiel y dispuesta, pese a las inclemencias o a los océanos de mansedumbre.

Lo malo de la feria: Las malas decisiones de la presidencia, su falta de criterio, su escasa objetividad y afición; incumpliendo incluso cánones del toreo y normas del reglamento taurino nacional.

Lo feo: La continuidad de ganaderías de enfoque torerista, que restan emoción a los festejos y no permiten al aficionado ver al toro en su plenitud; si bien el toro se diversidad, también es verdad y autenticidad. No nos cansaremos de decirlo.

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Foto: Redes Plaza de toros Manizales

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By Juan Montañés

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