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La entrevista de Zabala de la Serna
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- Aquel chaval abandonado por su madre, aquel chico de barrio que visitaba a su padre en la cárcel, se convirtió en figura del toreo. Cuatro décadas después repasa su vida y su historia, entre el dolor y la gloria: “Siempre busqué la excelencia como torero y el camino recto como persona“
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“De no haber peleado por ser torero, a estas alturas estaría en la cárcel o me habría muerto de sobredosis“. De este modo arrancaba la autobiografía de José Miguel Arroyo Joselito (Madrid, 1969), el chico que creció como la hierba de los barrancos, asomado al abismo. Su camino serpenteó entre el dolor y la supervivencia, entre el abandono de su madre y la persecución de la gloria como tabla de salvación.
Cuando la ciudad despertaba del blanco y negro a principios de los 80, y el barrio de la Guindalera amanecía siempre pobre, Joselito encontró en la Escuela de Tauromaquia una vía de escape. Su vida desprende una halo trágico y su carrera provoca un gesto admirativo. Aquel chaval que visitaba a su padre en la cárcel de Carabanchel, con droga en los bolsillos, se convirtió en figura del toreo.
Hoy vive pleno en su finca de Talavera de la Reina -“más de campo que las amapolas“-, casado, padre de dos hijas veinteañeras -Alba y Claudia-, dueño del carácter que forjó su leyenda entre la melancolía y la rebeldía, la insolencia y la timidez, la sinceridad de quien no vino a hacer a amigos. En las tardes de desánimo, saludaba a la tristeza. Un día, ya retirado, con todo conseguido, se descubrió con una soga y una escalera, preparando su horca, sin conciliar la realidad civil y el pasado del artista, sin saber conjugar a José con Joselito: “Pensé en pegarme un tiro, pero no tenía pistola ni los cojones de Belmonte”.
Una magna exposición conmemorará en Málaga, el próximo 20 de abril, sus cuatro décadas como matador de torosen esta temporada que también alumbra la efemérides de la mítica Corrida Goyesca en Las Ventas.
– Viene 2026 cargado de aniversarios: 40 años de alternativa, 30 años del hito de los seis toros del Dos de Mayo en Madrid. ¿Cómo le explicaría a un joven de la generación Z quién fue Joselito?
“Yo qué sé. Le explicaría, pasando los toros por el exterior, que ha sido una persona con mucho espíritu de sacrificio y que gracias a eso ha conseguido superar muchas circunstancias vitales complejas. Siempre he dicho que el libro de mi vida [Joselito el verdadero, escrito por Paco Aguado para Espasa] es el fiel reflejo del cuento de la ranita que se convierte en príncipe.
“Gracias a una ilusión en la vida puedes desechar un montón de cosas adversas, lo cual viene bien a los jóvenes que enseguida se vienen abajo ante la adversidad. Yo estaba inmerso en un tipo de vida que no era lo más correcto para un chaval de mi edad, pero, gracias a la ilusión de querer ser torero, fui capaz de dejar todos los malos caminos que me rodeaban“.
– Con la perspectiva del tiempo, ¿cómo ve a aquel chaval de 17 años que en 1986 se subió en tres tardes -festival del Nevado del Ruiz en Madrid, alternativa y confirmación- a la cima del toreo?
“Pues ahora me doy cuenta de lo bonito que es ser inocente y, a la vez, un desahogado en el sentido más torero. Todavía tenía 16 años, un mindundi. El festival lo componían los dioses del Olimpo: Antoñete, El Cordobés padre, Palomo Linares… No me coartó lo más mínimo, iba a lo mío con una desfachatez tremenda.
“Y tampoco me influyó el cartel de la alternativa en Málaga, con Dámaso y Juan Mora, que fue la persona por la que quise ser torero. Pero es que alcanzo la confirmación en Madrid con Curro Romero y Paco Ojeda y sólo pensaba en que los chavales de mi barrio de la Guindalera me sacasen a hombros“.
– El titular de la crónica de Barquerito decía que “devoró” a Paco Ojeda a propósito de su anuncio de que se iba a comer tanto a él como a Curro. Venía con hambre de gloria.
[Risas]. “Me hicieron una entrevista y yo, que era un chuflón, dije que iba a acabar con Romero y con Ojeda. Un pedazo de titular. A mí me traía al pairo quiénes eran. Cuando me estaba dando los trastos Curro Romero, lo recordó: ´Por cierto, chaval, tú has dicho que ibas a acabar con éste y conmigo’. Y, en vez de asustarme, le contesté: ´Pues, maestro, no sé si lo conseguiré, pero lo voy a intentar’. La verdad es que salió bien porque de la corrida no embistió más que mi toro“.
– ¿Y cómo encaja un chico de la Guindalera el subidón del triunfo?
“Bien. Quería ser figura del toreo o ser mayoral. Estaba harto de matar novilladas por el Valle del Terror [Valle del Tiétar] y quería ver dinerito. Si no sirvo para esto cuanto antes mejor y me dedico a otra cosa, me decía. Siempre he sido muy soñador pero con los pies muy en la tierra. Perseguía además que me pegara un toro una cornada para saber si valía o no para esto“.
– Diez años después afronta el Dos de Mayo en Madrid con seis toros, y lo hace “preparado para el fracaso”.
“Las otras veces que había toreado seis toros -como la Beneficencia de 1993 en Madrid- me había mentalizado para triunfar a lo heavy. El Dos de Mayo decidí preparar mi mente para que no embistiera ningún toro más que el último, y sólo por un pitón. Tenía que estar preparado para que con 10 o 12 arrancadas montar la de Dios.
“Me preparé para eso, aunque luego todo vino rodado desde el primer momento. Incluso se pararon el viento y la lluvia. Mi cara en el patio de cuadrillas estaba desencajada. Según pisé el ruedo, el cielo se abrió y entró un rayo de luz. Lo recuerdo así. Soy muy peliculero“.
– Seis toros, seis estocadas, seis orejas, un baúl de quites, lo colocan a la casi altura del hito de Paco Camino en la Beneficencia de 1970. ¿Fue su corrida perfecta como único espada?
“No. Fue más redonda la de Valladolid (1995), pero era Valladolid, claro“.
– ¿Existía el ‘joselitismo’ como religión?
“La gente estaba muy a favor, pero cuando no iban las cosas bien me daban hasta en el cielo de la boca. Se me quedó una voz que salía de la Andanada del 7 o el 8, que gritaba: ‘¡Cómo huele a torero!’. Un piropazo“.
– ¿Qué consejo le daría a un torero que venga ahora con seis toros a Madrid?
“Lo que me dijo mi madre [adoptiva]: ‘No aburras a la gente, no seas pesado‘”.
– Volvió a los 13 días a Las Ventas [15 de mayo], volvió a salir a hombros y brindó a Gabriel García Márquez. ¿Por qué ya no se asoman personajes así a las plazas?
“Hoy en día les da canguelo dejarse ver por el antitaurinismo. Para mí fue una maravilla verle allí porque el primer libro que leí en mi vida fue ‘Cien años de soledad’. Estudié hasta 8º de EGB, así que tenía lo justo para andar por casa. Le brindé el toro y le dije que gracias a él descubrí la lectura. Luego, fuimos a cenar“.
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– Entre el clamor de la gloria, también hubo guerras. ¿La prensa fue aliada o enemigo a batir?
“Hubo muchos momentos que fue aliada, pero cuando me retiré por primera vez en 1998 sí noté que estaba enconada. Pero era normal. Ese año tenía además una lesión en el ligamento del pulgar de la mano derecha y no mataba un toro ni de coña.
“Entre agosto y septiembre perdí veintitantas salidas a hombros. Fue la coartada para que me dieran por todos lados. Como había sido rebelde con un tema de la televisión, la relación con la prensa se afiló. Yo, además no me he sentado a cenar con nadie por obligación. No fui de hacer amigos“.
– Hablando de la amistad, un no brindis al Rey Juan Carlos en Las Ventas en 1992 le acarreó un volquete de críticas.
“El Rey estaba en calidad de aficionado, en una barrera, no estaba en el palco regio. Si hubiera sido así, a lo mejor me lo habría pensado. Un toro de Alonso Moreno casi había dejado días antes en silla de ruedas a José Luis Bote, gran amigo mío de la escuela taurina [El Bote, Joselito y El Fundi fue el cartel de novilleros].
“A mi otro compañero, El Fundi, le habían partido la clavícula. El primer toro se lo brindé a mi amigo que iba a quedar inútil, y el segundo vi al Fundi en un tendido y ya no me acorde ni del Rey ni de Cristo“.
– ¿No había rollo republicano entonces?
“Me acuerdo la que me dio tu padre una tarde que saqué en Bilbao las banderillas con la bandera de la República. Las saqué por no sacar las de España para que no se enfadase la gente. A mí la política me da igual“.
– ¿No le ha interesado nunca?
“Nunca. Hombre, vamos a ver. Nazco en una familia humilde no, lo siguiente. Al principio las ideas eran rojillas, lógicamente. Vivía en una buhardilla de ocho metros cuadrados, con un váter compartido para otras cuatro buhardillas. Lo que soy políticamente es antigilipollas. Gilipollas los hay pobres y ricos, de derechas y de izquierdas“.
– Los hermanos Lozano fueron su némesis como empresarios de Las Ventas (1990-2004), y resulta que ahora su padre [adoptivo] y apoderado, Enrique Martín Arranz, se lleva bien con José Luis Lozano, después de tantas guerras.
[Resopla]. “Fueron batallas terribles. Se tiraban tres días juntos, 12 horas cada día, hablando de lo divino y de lo humano. Lo que ocurre es que cada uno defendía sus intereses. A mí en ese momento me jodía y los hubiera matado mentalmente. El empresario está en las antípodas del torero.
“Ellos me querían apear del burro, frenarme. Apoderaban a otros toreros, no eran solamente empresa. Aquello también me hacía llenarme de mala leche y estar más arrebatado. Pero, en las ferias de San Isidro que me quedé fuera, estaba hundido en la miseria“.
– ¿Cuánto había en usted de bordería y cuánto de timidez?
“Era todo timidez. Pero, luego, también en la Escuela de Tauromaquia nos inculcaron la rivalidad. Los viejos maestros no llegaban al patio de cuadrillas tocándose el culote, sino que se cagaban en su puta madre. Yo estaba obligado a ser mejor que los demás, a creérmelo sin serlo.
“No tenía ese punto de amabilidad con los compañeros. Ni me interesaba. No es que quisiera que triunfasen menos que yo, aspiraba a que no triunfaran nada. Deseaba que les echasen los dos toros al corral y que yo cortase cuatro orejas todos los días“.
– En aquel famoso cartel de los 90 que se bautizó como “los tres tenores” [Joselito, Ponce y Rivera Ordóñez], ¿su rivalidad más enconada, casi hasta el punto de enemistad, fue con Enrique Ponce?
“En cuestión de torear muchas corridas sí, pero Enrique tiene otro carácter. Él es de Levante, yo soy del Centro. Él es fenicio, yo del interior. Somos muy distintos, afortunadamente. Es menos peleón. O pelea de otra manera. Quizá con el que notaba que teníamos encontronazos fuertes taurinos era con Rivera, y con César Rincón también. César fue el primero que me amargó. Luego quien ya me amargó totalmente fue José Tomás. Rincón en aquel tiempo estaba intratable“.
– Su carácter siempre ha fluctuado entre la tristeza, la melancolía y una autoexigencia tenaz. ¿Qué ha conformado tu forma de ser?
“Todo eso hace a José y a Joselito. Siempre busqué la excelencia como torero y el camino recto como persona. A los artistas el perfeccionismo nos castiga mucho, es el peor enemigo. Necesitaba estar muy bien anímicamente para en el ruedo dar el nivel.
“Me costaba Dios y ayuda sobreponerme en la plaza a la contrariedad de fuera. Me podía el desánimo. Por eso fui irregular. La exigencia de Enrique siempre fue tremenda. Nunca me dijo que había estado bien“.
– En su autobiografía, hay un punto tremendo: dice que llegó a perdonar el abandono de su madre biológica y, sin embargo, cuando fue padre, le quitó el perdón.
“Mi padre era muy majete, pero un majareta. Y encima le dio por el tema de las drogas. Cuando la familia se rompió, mi hermana se fue con mis abuelos, yo me quedé con mi padre y mi madre se llevó a mi hermano pequeño y luego también lo abandonó.
“Hubo un momento en que la perdoné pensando en lo mucho que sufriría con mi padre, pero cuando tuve a mis hijas dije: ‘No lo perdono’. No entiendo cómo pudo deshacerse de sus hijos“.
– El libro arrancaba así: “De no haber peleado por ser torero, a estas alturas estaría en la cárcel o me habría muerto de sobredosis“.
“Mi padre [biológico] descubrió que vendiendo droga vivía bastante mejor que trabajando. En mi casa había kilos de costo y chocolate, y no veas el pelaje de los que pasaban por allí. Cuando metieron a mi padre en la cárcel, yo mismo, con apenas 12 años, iba a visitarlo en Metro llevando trozos de droga escondidos para que trapicheara dentro.
“Estaba abocado a acabar hecho una mierda o muerto de sobredosis como muchos colegas de mi barrio, pero la escuela taurina y la ilusión de ser torero fueron mi salvación. Mis primeros botines me los compraron las prostitutas del barrio en Los Guerrilleros de Tirso de Molina“.
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– Cuando se retiró definitivamente [2003], entró en una depresión que bordeó el suicidio.
“Me acojoné en el último instante. Pasé de vivir una vida de rey a no saber hacer nada del día a día. Ser José Miguel Arroyo me podía. De civil me sentía un puto mierda, con una angustia desbocada. Pensaba que ya había conseguido todo en la vida y que no pintaba nada aquí“.
– ¿Cómo había preparado poner fin a su vida?
“Pensé en pegarme un tiro, sonaba muy romántico, pero no tenía pistola ni los cojones de Belmonte. Cogí una escalera y una cuerda, iba a ahorcarme. Ya con todo montado, me asusté y llamé a mi madre [adoptiva]. Cuando vio todo aquello, me dijo: ´Hijo, vuelve a torear’. No se trataba de eso“.
– ¿Acudió a profesionales de la salud mental?
“Afortunadamente, conocía a un grupo de psicólogos y lo pude superar“.
– En su 40 aniversario de alternativa, ¿siente que la historia le ha colocado en su justo sitio?
“La vida me ha tratado muy bien, aunque, por poner una cosa cachondita, me falta una calle en Madrid con mi nombre“.
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- Vicente Zabala de la Serna, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El Mundo
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